España: Primera crónica de la misión en Hontanas, en el Camino de Santiago

Publicado el : 11 de mayo

Testimonio de Marie Andrée Mallette (Canadá)

Durante mucho tiempo, creí que las grandes misiones se encontraban en las catástrofes, las guerras o los dramas visibles del mundo. En Hontanas, la misión es simple: masajear los pies de los peregrinos del Camino de Santiago. Simple solo en apariencia. Porque en Hontanas descubrí que también existen pobrezas silenciosas. Y que servir quizá comienza simplemente así: reconocer al otro, ofrecerle una presencia, una mirada, un poco de ternura.

Esta experiencia fue para mí una experiencia de polaridades permanentes y, sin embargo, en medio de todas esas tensiones, permanecía siempre una alegría profunda.

Primero estaba el encuentro con el otro. Esas conversaciones que comienzan en pocos minutos y dan la impresión de una cercanía ya antigua. Y luego, casi de inmediato, el desapego: a la mañana siguiente, el peregrino retoma el camino, y hay que aceptar que algunos encuentros están hechos precisamente para no durar. Una comunión real, pero pasajera.

También estaba esa tensión interior entre el deseo de estar yo misma en el camino, caminando en silencio en medio de la naturaleza, enfrentando la lluvia, el viento, mis propios pensamientos… y la vida comunitaria de la misión, hecha de presencia, diálogo y disponibilidad hacia los demás.

Y luego, debo admitirlo con honestidad: no me gustan especialmente los pies. Sin embargo, descubrí que amaba profundamente ese gesto de tocar al otro con dulzura y atención. Pies heridos, cansados por los kilómetros… y aun así, algo profundamente bello pasaba a través de ese gesto tan simple. La belleza del gesto superaba ampliamente la realidad de la apariencia física.

Otra polaridad me marcó: mi deseo de conocer a los peregrinos, sus historias, sus heridas, sus razones para caminar… y la curiosidad de ellos hacia mí, hacia mi presencia allí, hacia mi propia búsqueda interior. Yo quería escuchar, pero también tenía que aceptar ser vista.

En medio de esas tensiones, descubrí una mirada que no parecía interesarse primero por la fuerza, el coraje o la capacidad de servir, sino por la vulnerabilidad humana. Como si el Señor mirara a cada uno de nosotros, peregrinos y voluntarios, con la misma dulzura silenciosa.

Los momentos más fuertes para mí fueron muchas veces los tiempos de oración con los peregrinos. No importaban su idioma, su país o su historia: algo nos unía profundamente en esos instantes. Comprendí que cada persona lleva dentro de sí un cansancio invisible, una herida escondida, una sed que nada material puede realmente saciar.

Hontanas no está exactamente en el medio del Camino Francés entre Saint-Jean-Pied-de-Port y Santiago, pero el pueblo se acerca simbólicamente a ese punto para mí. Y quizá la alegría cristiana se parezca precisamente a eso: no elegir un polo contra el otro, sino aprender a permanecer en medio de las tensiones, entre el apego y el desapego, el silencio y la comunión, la partida y la acogida, servir y aceptar ser uno mismo tocado por el otro.

En definitiva, después de esta misión, empiezo a creer que, si los seres humanos se masajearan más los pies unos a otros, probablemente habría menos violencia y menos dureza en el mundo. Cristo ya nos mostró el camino hace mucho tiempo.